10/12/19
2.Trail
Correr por la montaña es más que correr, la mente no puede permitirse aislarse del paisaje, quedarse en suspenso. Se ve obligada a conectarse al entorno, a aflorar y entrar en contacto con el terreno como la suela de las zapatillas. Una dinámica tan calculada como instintiva, si es eso posible. Qué roca pisas, qué roca evitas, cuándo saltar, cuándo empujarse hacia adelante, cuándo frenar, cuándo mirar un segundo de reojo la imponente cordillera nevada de la sierra de Gredos.
9/12/19
1.Guionista onírico
La directora del coro me había regañado por no saberme cierta sección de piano (sic) y me invitaba a practicar entre bambalinas mientras todos los demás celebraban el ensayo general. Todo eran inconvenientes. Para empezar, había dos o tres pianos de cola, y no sabía cuál elegir. Pensé en uno cerrado para molestar menos a los demás, pero justo ese estaba a oscuras, mientras que el que estaba abierto se hallaba justo bajo un foco de luz, así que dediqué un buen rato y no pocos esfuerzos a cambiar de lugar los pianos. A pesar de haberme colocado bajo el haz de luz, seguía sin ver bien el teclado y la partitura, de manera que recorrí la sala en busca de interruptores y los fui pulsando al azar, lo que provocó que se encendiesen unas enormes pantallas con las noticias a todo volumen. Conseguí mutearlo antes de que entrase nadie a llamarme la atención. Cuando por fin estaba ya sentado al piano, me di cuenta de que no veía nada, las notas no eran más que manchas informes. Busqué las gafas. Estaban empañadas. Las limpié. El pasaje, aunque corto, unos tres compases, me resultaba complicado de entender. Necesitaba un lápiz. Por suerte, llevaba conmigo el portaminas, pero no estaba bien afilado. Le saqué punta y la mina se rompió. Me desperté sin haber tocado una sola nota.
5/12/19
5.Agenda setting
El agenda setting se está intensificando de tal modo en nuestra sociedad que ya no es suficiente eso, colocar sobre la mesa los temas en los que debe pensar la gente, sino que pasan a ser ya temas según los cuales debe vivir la gente. Es la tematización de nuestras vidas. La parquetemización de nuestras vidas. Este mes hay que salvar al mundo de nosotros mismos, así que ahí están las interminables tertulias sobre el cambio climático, las entrevistas a científicos que alertan del fin del mundo, los reportajes de dietistas que nos recomiendan comer menos ternera para reducir nuestro impacto en la naturaleza, los concursos sobre vivir sin plástico, el autonombramiento de Madrid como green capital, y hasta los sucesos relacionados con el asunto, como el de un anciano que murió el otro día al intentar recuperar la basura, que había tirado en el contenedor equivocado, y terminó cayendo de cabeza, pateando el aire hasta que le dio un ataque cardíaco. Y en este parque temático hay que usar bolsas de tela, categorizar nuestros residuos, manifestarse cada viernes en la puerta del sol e ir en bicicleta al trabajo, aunque esté en la otra punta de la ciudad.
Se puede decir que yo ya estaba sensibilizado con el tema desde hace unos años, pero aun así, el ambiente que genera este avasallamiento me resulta absolutamente irrespirable. Pasa el carro para salvar al planeta, y solo puede uno subirse a él con urgencia y sin cuestionamientos de ninguna clase, o ser arrollado y acabar en el infierno, porque, como es obvio, se trata aquí de una cuestión moral. Y el que va a la compra con su bolsa de tela es bueno, es puro. Y los demás, no.
Hace unos meses, la tematización era la lucha contra el heteropatriarcado. Había que hablar de feminismo las 24 horas del día, comprar cuentos infantiles únicamente protagonizados por niñas, leer libros escritos por mujeres, reivindicar las figuras femeninas ignoradas por el falocentrismo, soportar libros y series y películas que muestran la verdadera sensibilidad femenina, que al parecer estuvo siempre oculta, y que es idéntica precisamente a aquella que siempre se criticó en los hombres, la obsesión por el sexo y la relativización del vínculo filial, y nos tocaba también a nosotros confesar a diario nuestros pecados, claro, nuestros micro-machismos, e inventar un idioma nuevo que tratara a todes por igual, por absurdo que resultase. Pero como bien apuntaba en un artículo Alberto Olmos, parece que el heteropatriarcado ha sido vencido al fin y nadie nos ha avisado.
Dentro de dos meses, cuando hayamos salvado al mundo del apocalipsis, no sé cuál será el siguiente tema, pero ahora mismo, cada vez que mencionan el cambio climático, me dan ganas de incendiar el Amazonas.
Se puede decir que yo ya estaba sensibilizado con el tema desde hace unos años, pero aun así, el ambiente que genera este avasallamiento me resulta absolutamente irrespirable. Pasa el carro para salvar al planeta, y solo puede uno subirse a él con urgencia y sin cuestionamientos de ninguna clase, o ser arrollado y acabar en el infierno, porque, como es obvio, se trata aquí de una cuestión moral. Y el que va a la compra con su bolsa de tela es bueno, es puro. Y los demás, no.
Hace unos meses, la tematización era la lucha contra el heteropatriarcado. Había que hablar de feminismo las 24 horas del día, comprar cuentos infantiles únicamente protagonizados por niñas, leer libros escritos por mujeres, reivindicar las figuras femeninas ignoradas por el falocentrismo, soportar libros y series y películas que muestran la verdadera sensibilidad femenina, que al parecer estuvo siempre oculta, y que es idéntica precisamente a aquella que siempre se criticó en los hombres, la obsesión por el sexo y la relativización del vínculo filial, y nos tocaba también a nosotros confesar a diario nuestros pecados, claro, nuestros micro-machismos, e inventar un idioma nuevo que tratara a todes por igual, por absurdo que resultase. Pero como bien apuntaba en un artículo Alberto Olmos, parece que el heteropatriarcado ha sido vencido al fin y nadie nos ha avisado.
Dentro de dos meses, cuando hayamos salvado al mundo del apocalipsis, no sé cuál será el siguiente tema, pero ahora mismo, cada vez que mencionan el cambio climático, me dan ganas de incendiar el Amazonas.
4/12/19
4.Un día en la biblioteca
Me quedaba cerca del lugar en que tuve una reunión hoy, así que me decidí de una vez a visitar la biblioteca nacional. Control de seguridad, pegatina en la solapa, cola para que me atiendan en la sala de información. Yo realmente solo quería acceder a la sala de lectura, pero la señora que me atendió estaba al parecer deseosa de que yo me hiciera el carné, y no uno cualquiera, sino el de investigador. ¿Tiene usted algún libro publicado? Y resulta que eso le abre a uno las puertas para manosear los manuscritos de santa Teresa o de Juan Ramón Jiménez. Me han hecho el carné, en el que figura una foto casi robada (no me dio tiempo, o me dio vergüenza, quitarme las gafas, así que salgo con ellas, mi primera foto oficial con gafas), cambio de pegatina, mochila y abrigo en una taquilla a cambio de 1 euro. Antes de entrar en la sala de lectura he mostrado mis pertenencias, en una bolsa de plástico, y han prestado especial atención a un cuaderno en el que garabateo un poco de todo y mis hijos juegan al ahorcado. Me he dado un paseo por la sala de lectura, imponente, como de thriller político, de informe pelícano. Me he sentado en uno de los escritorios a echar un vistazo a mi cuenta de instagram. He salido de ahí, en el puesto de seguridad otro agente me ha vuelto a revisar el cuadernillo. He decidido subir a la sala de prensa, pero antes me ha interesado la planta 2. Le di al ascensor pero no respondía . Luego descubrí que no se movía porque ya me encontraba de hecho en la planta segunda. He subido, ahora sí, a la cuarta planta, la sala de prensa. Me he encontrado con un baño y he aprovechado para echar una buena meada. He ojeado las revistas. Me leí un par de artículos de la revista Claves. Descendí hasta la planta 2. Fui haciendo fotos aquí y allá, mirando por todas las ventanas, pensando en alimentar mi cuenta de instagram. Se me ocurrió pasar al otro ala del edificio, en el que recordaba que se hallaba la cafetería. En el puesto de seguridad otro agente, cómo es posible, un tercer agente en el mismo puesto en menos de una hora, me revisa el cuadernillo. Paso al otro ala, en cuya entrada hay, por supuesto, un nuevo control. Me revisan el cuadernillo. Y cojo el ascensor hasta la cafetería, fantaseando con tomar un café en un lugar secreto y negado para la mayoría de madrileños. Me quedo allí lo justo para que se me impregne en la ropa el olor a calamares de hospital, cojo el ascensor de regreso. La misma agente me revisa de nuevo el cuadernillo. Abandono el edificio. En la escalinata, fotografío la escultura de Alfonso x el sabio de espaldas.
3/12/19
3.Género
Hay en la librería La Central toda una pared en la que se exponen libros infantiles de temática feminista, cuentos protagonizados por niñas, biografías de inventoras y de aventureras, como hay otra pared cubierta de libros de temática ecologista, y otra de libros con mapas, mitos y fauna de todos los continentes. El feminismo ha terminado por convertirse, según parece, en un género literario. ¿Sería esa la igualdad de género que reivindicaba?
2/12/19
2.
Ni yo mismo sabía ayer noche, esta mañana al desayunar, al volver de dejar a los niños en el colegio, que iba a pasar el día viendo vídeos sobre cómo pintar a la acuarela. Imprevisible como las manchas de pigmento dejadas por una gota de agua.
1/12/19
1.Sobremesa
Comida de Navidad el otro día con gente de la televisión para los que suelo trabajar, y en cierto momento, ya durante la sobremesa, cuando gran parte de los comensales pasaban frío y se empapaban bajo la persistente llovizna con el objetivo de fumarse un cigarrillo, quedamos a la mesa cinco o seis hombres, y el tema de conversación creo que hace veinte años, tal vez incluso una década, habría resultado tan sorprendente que habría podido pasar por un gag, porque esos hombres no hablaban de otra cosa que de sus hijos, de cómo dormían, de sus monerías más destacadas, de si comían o no un poco de todo.
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