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2/9/16

Unos apuntes sobre Magistral, de Rubén Martín Giráldez

Para evitar suspicacias, no lo dejemos para el final: el talento, ingenio y dominio de la técnica de Rubén Martín Giráldez es extraordinario. Su ambición y voluntad de estilo, su apuesta por el lenguaje y la exploración literaria son incuestionables.

Eso no lo discuten ni sus detractores (aunque sorprende lo escondidos que están). O precisamente ahí reside el quid del asunto. El libro es tan feroz en su crítica a la mediocridad reinante (del castellano, de la literatura, y de todos los agentes involucrados), y su poética es tan manifiestamente pretenciosa, agresiva y sofisticada  que nadie, y mucho menos la crítica, se atreve a cuestionarlo, pues corre el riesgo de ponerse en evidencia.

La prosa de Martín Giráldez es apabullante, pero seamos francos, no hay un ápice de originalidad ni sorpresa ni en los blancos de sus críticas a diestro y siniestro, ni en sus argumentos, que son fundamentalmente generalizaciones y clichés.

Llega un punto en que el virtuosismo técnico y la exuberancia lingüística no son suficientes para llevar adelante la narración,  y la pomposa farsa barroca se desinfla sin remedio de la mitad en adelante, y hablamos de un libro que a duras penas suma 100 páginas.

La idolatría de la literatura experimental estadounidense y de Ben Marcus en particular, bien sea ejercida por el autor o el narrador (distintos, insiste Martín Giráldez), acaba siendo irritante, por cansina e innecesaria. También intrascendente. Todo esto solo se la pone dura a los doctorandos que habitan entre el polvo y las polillas de la facultad de Filología, sin pisar el césped ni ver jamás la luz del sol.

Por otra parte, por más que el autor lo niegue, es evidente que, bufonadas y exageraciones aparte, el libro está cargado con las opiniones y prejuicios del propio Martín Giráldez. De hecho, le he leído en entrevistas párrafos extraídos casi literalmente de la novela. Su vanidad y engreímiento no tienen límites, su ambición y exigencia tampoco, cierto. Sin embargo, si los tienen su rigor y su amplitud focal. No puedes soltar todo eso por tu bocaza y luego decir que no conoces bien el panorama literario español. Bueno, puedes, pero es como mínimo poco decoroso. Tampoco puedes señalar el camino de la exploración literaria como si solo hubiera un camino. Bueno, puedes, pero lo idóneo es que cada uno explore por dónde le venga en gana, ¿no? Y finalmente, no puedes reducirlo todo a una cuestión de megalomanía, tipo "Si no te crees un genio, no nos hagas leer tus escritos". Para empezar, aquí nadie hace leer nada a nadie (ya quisiéramos). Para seguir, no veo qué problema supone para nadie que la gente escriba. Cada texto no puede ni debe suponer una aportación imprecindible a la historia de la literatura. Que yo no sea un genio literario no significa que no pueda escribir, del mismo modo que el hecho de que no sea tan buen amante como Nacho Vidal no significa que no pueda hacer el amor.

Al contrario del elitismo que postula Martín Giráldez tanto en la novela como en las entrevistas (su utopía de lectores que solo leen libros tan buenos como el suyo),  yo reivindico que todo el mundo lea (lo que le dé la gana), que todo el mundo escriba (lo que le dé la gana), y lo más importante,  que todo el mundo folle hasta quedarse ciego.

Magistral es, por encima de sus demás virtudes, un perfecto ejercicio de autobombo. Y está funcionando a las mil maravillas. Si te parece bien, Martín Giráldez tenía razón (en lo bueno que es). Si te parece mal, también (eso es lo que él pretendía, cabrearte).

A pesar de todos los pesares: un libro estimulante, con una lengua viva y llena de veneno, y que merece la pena leer, aunque solo sea por lo que está dando que hablar (y me temo que todos los que hablan lo hacen siendo fieles a los estereotipos criticados en la novela, dándose la razón los unos a los otros sobre su valor artístico incalculable sonriendo nerviosos ante la posibilidad de que alguien se salga del guion y sean cogidos in fraganti).

Consejo del día: debe leerse de corrido y en voz alta, y sin diccionarios a mano.

Mi pronóstico (hay que mojarse): dentro de diez años nadie lo recordará.

9/6/15

Roberto Bolaño, David Foster Wallace. Algunas notas.

Para empezar, está la cuestión de qué ponemos en medio:

Bolaño y Foster Wallace. Como si fueran amigos, que no lo eran. O miembros de una misma generación, de un mismo ejército o de un mismo club, que tampoco.


Bolaño o Foster Wallace. Como si fueran dos caras de una misma moneda y estuviéramos obligados a elegir. ¿Se imaginan lanzar al aire un libro que por un lado fuese 2666 y por el otro La broma infinita?


Bolaño contra Foster Wallace. Como si representaran posturas enfrentadas y entre ellos solo pudiese existir una lucha (lucha que, por otra parte, solo podría ganar el lector).


Yo opté por unirles con una coma, más ambigua, más aséptica. Puede significar todo eso. O nada de lo anterior.


Foster Wallace es el producto más refinado de la élite académica americana. Se crió entre eruditos, bajo la imponente bóveda de los pasillos de la universidad. De ahí quizá su agorafobia. Su padre era doctor en Filosofía.


Bolaño se formó a la intemperie, entre libros robados y poetas desterrados. Su padre fue camionero y boxeador.

 

Bolaño se consideraba un salvaje, pero contrariamente a lo que cabría esperar, Foster Wallace lo era bastante más, o su salvajismo era distinto. Fue alcohólico, adicto a la marihuana, a la cocaína, al LSD. Sufría constantes crisis de ansiedad y depresiones.

El salvajismo de Bolaño respondía a un apasionado vitalismo. El de Foster Wallace, a una intensa pulsión de muerte, a un marcado instinto de autodestruccción.


La mirada de Foster Wallace era una cámara multilenticular capaz de enfocar el cosmos o el detalle más insignificante con una precisión absoluta. Ese foco rabioso lo dotó de un talento extraordinario para la sátira y para lo grotesco.


Bolaño era más bien una araña, una araña infatigable tejiendo el infinito. Su telaraña posee múltiples capas, o atraviesa múltiples dimensiones. Era el maestro indiscutible de la vaguedad, de lo onírico, lo inefable.


Los dos eran ambiciosos. Todo lo ambicioso que puede ser un escritor.


Los dos poseían una profunda conciencia moral.


Los dos empujaron la literatura hacia adelante sin abandonar nada de lo importante que había detrás.


Los dos murieron de forma prematura. Los dos vivieron y escribieron a contrarreloj bajo la sombra de sendas espadas de Damocles:  una soga que se estrechaba, un hígado que naufragaba.


A los dos les apasionaba el sexo.


Sí, hablemos de sexo, por qué no.


David Foster Wallace es un exhibicionista. Le gusta que miremos mientras se hace una paja monumental. La eyaculación, debemos admitirlo, es espectacular, propia de Moby Dick. Digna de ver.


Roberto Bolaño es un seductor, y mientras nos debatimos entre dejarnos seducir o huir despavoridos, él ya nos ha hecho el amor. Cuando por fin se va,  aún nos tiemblan las piernas.


Foster Wallace abruma. Leerle encoge el escroto al más talentoso escritor.


Bolaño inspira. Tras leerle, hasta el peor escritorzuelo se siente capaz de todo. Es más: me atrevería a decir que no hay lector de Bolaño que no se lance a escribir.


Por supuesto, para tener una vida sexual sana, o una vida sexual a secas, hay que leerlos a los dos.